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III Domingo de Adviento (hispano-mozárabe).


Tercer domingo de Adviento, Año I:

Profecía: Is 51, 1-6.
Psallendum: Sal 84, 8. 7.
Apóstol: Rm 11, 25-36.
Evangelio: Mt 21, 1-17.

            El evangelio de este domingo es el típico del domingo de Ramos romano[1], narrando la entrada de Cristo en Jerusalén. La venida del Señor, que configura el tiempo de Adviento, es comprendida en este momento como la venida para darnos la salvación y renovar la creación. La profecía de este día nos habla nuevamente de los orígenes del Pueblo de Dios cuando Abraham era el primer miembro. En los tiempos del Salvador, se convertirá el desierto en Edén y la estepa en Paraíso. Entonces será la salvación por siempre. El carácter renovador de Cristo en su vida entre nosotros lleva a desplazar la atención del comienzo de su vida pública –domingos I y II– al comienzo de su Pasión. La salvación prometida en la profecía y suplicada en el psallendum llega en el evangelio, en donde vemos cómo Cristo expulsa a los mercaderes del Templo: Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la estáis haciendo una cueva de ladrones. Allí también cura a ciegos, mostrando que su advenimiento conlleva una restauración del culto a Dios y de la fragilidad del hombre. La selección de este evangelio comporta una visión complementaria al recurrente tema de la venida del Señor en la carne.
            El Apóstol, leído en el Año II durante el primer domingo, nos presenta el universalismo de la salvación de Dios, no explicitado en la profecía y que los anteriores domingos han puesto siempre de manifiesto. La salvación proviene de Sión, esto es, el Mesías esperado que restaura el Paraíso tiene un origen histórico. Sin embargo, ni por su acción divina ni por su origen terreno es advertido por Israel, siendo su ceguera parcial. Dios llama también a otros pueblos según la carne, pero éstos forman un solo Pueblo. La obediencia a Dios y su llamada universal a la santidad conforman la exhortación de Pablo a los romanos y a nosotros, para que seamos fieles a esa llamada que está renovando el cosmos trayendo la salvación.

Adolfo Ivorra


[1] En el domingo de Ramos hispano, el evangelio sigue la lectura continua del cuarto evangelio proclamado el domingo anterior.