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II Domingo de Adviento (hispano-mozárabe).

Segundo domingo de Adviento, Año I:

Profecía: Is 51, 7-12.
Psallendum: Sal 79, 3. 2.
Apóstol: Rm 13, 1-8.
Evangelio: Mt 11, 2-15.

            La primera lectura de Isaías, con sus versículos continuados, nos invita a contemplar el ansia que tenía el antiguo Pueblo de Dios por la manifestación del Señor, que clama el salmo: despierta tu poder y ven a salvarnos. La lectura pide una continuidad con los tiempos pasados, que la historia actual sea también una historia de salvación: ¡Despierta, despierta, revístete de poderío, oh brazo del Señor! ¡Despierta como en los días de antaño, en las generaciones pasadas! Ante esta inminente manifestación del poder de Dios, el justo no debe temer. La serenidad del justo se explicita con la lectura del Apóstol, en la que Pablo exhortaba a la comunidad romana a obedecer a la autoridad, porque no hay autoridad que no venga de Dios. Esta doctrina paulina ha justificado muchos regímenes políticos a lo largo de la historia, pero también ha introducido la incertidumbre. En la época mozárabe, este texto paulino debió ser especialmente difícil de comprender. Sin embargo, se establece un bastión de inmutabilidad ante la cambiante historia humana: los gobernantes no han de ser temidos por los que obran bien, sino por los que obran mal. ¿Quieres no tener miedo a la autoridad? Haz el bien, y recibirás su alabanza.
            El evangelio también comparte ese deseo por la manifestación de Dios, pero en Cristo: ¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro? ¿Han llegado los tiempos de salvación que solicitaba el salmo? Han llegado: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan sanos y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se anuncia el Evangelio. Sin embargo, el evangelio vuelve a mirar, como en el domingo anterior, a Juan el Bautista. Con su elogiosa afirmación acerca de Juan, Cristo se sitúa como continuación de la historia de salvación: En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista. La liturgia hispana acogerá la frase del Mesías con especial aprecio, pudiéndose afirmar que el santo más apreciado por ella es Juan el Bautista: es el único santo que tiene un domingo que sirve de preparación para su fiesta (24 de Junio). Los demás santos de importancia tendrán un día previo de preparación, normalmente de carácter penitencial, pero nunca un domingo. Por tanto, su preparación es propiamente festiva y extraordinaria, rompiendo la sucesión de domingos De Cotidiano.
Adolfo Ivorra