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XXVIII Domingo Cotidiano.


Profecía: Ez 28, 25s
Psallendum: Sal 85, 16. 11
Apóstol: Ef 4, 25-32
Evangelio: Lc 19, 11-28

            La Liturgia de la palabra de este domingo sigue en líneas generales la temática del anterior, pidiendo en el psallendum que el Señor enseñe sus caminos, de forma que podamos alcanzar la salvación. La profecía esta vez no pronuncia sentencia ni habla del castigo, sino que alude a la reunión de los dispersos, a cuando la casa de Israel sea reunificada de entre los pueblos. Sobresale la importancia de la seguridad: sus habitantes estarán seguros, no habrá pueblo que luche contra ellos.
            El apóstol de hoy tipifica la función que tiene la segunda lectura en la liturgia romana: dar una parénesis, un aleccionamiento moral. La prudencia en el hablar, el valor del trabajo honrado frente al robo, la verdad frente a la mentira. En la lectura de Efesios la verdad aparece como una nota propia de la Iglesia: Dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros. La verdad debe resplandecer en los miembros de la Iglesia, lo mismo que el perdón. También se alude al Espíritu Santo de Dios, que informa, da vida a la Iglesia.
            En el evangelio también se nos remite a las virtudes morales. La capacidad de poner en obra los dones que Dios nos da es fundamental para recibir de Él el premio de la bienaventuranza eterna. En la parábola de las minas, Jesús muestra la dinámica propia del Reino de Dios. Se trata de un Reino en el que sus miembros tienen encomendados dones, dados por el mismísimo Rey. También es una alusión a los dones que recibieron los apóstoles, los empleados que son distintos al pueblo que aborrece a Jesús y que no quiere que sea su rey. Con esto se hace una referencia a la pasión que Cristo sufrirá, y que queda aludida en el último versículo: Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén. Será en Jerusalén donde se dará el rechazo definitivo del pueblo a su Rey. Cabría preguntarse si el empleado holgazán no representará a Judas Iscariote, al que también le fue dado un don como a los demás, pero que no lo puso a valer. Evidentemente, esta parábola puede tener un sentido literal “histórico”, y así lo manifiestan los exégetas cuando afirman que el rey pudiera ser un rey judío que tenía que ir a Roma para ser así proclamado rey de Israel. Sin embargo, la lectura alegórica de este pasaje nos da las claves para comprender mejor la relación entre don y tarea, entre gracia y voluntad. ¿Cómo no ver en los enemigos que son condenados a muerte a aquel pueblo de Israel que rechaza al Señor como Rey y es sustituido por la Iglesia?

Adolfo Ivorra
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