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XXVII Domingo Cotidiano.


Profecía: Ez 28, 21-23
Psallendum: Sal 78, 8s
Apóstol: Ef 4, 17-24
Evangelio: Lc 19, 1-9

 El contenido de este domingo gira en torno a la conversión. Este tema que pudiera parecer cuaresmal, afecta a toda nuestra existencia cristiana. Desde la perspectiva del apóstol, debemos renunciar a nuestra vida pasada, a nuestro “paganismo”: no viváis más como los paganos, con la cabeza vacía, con el pensamiento a oscuras y ajenos a la vida de Dios. San Pablo nos muestra la inmoralidad de la vida alejada de Dios, y por eso nos invita a cambiar vuestra actitud mental y a revestiros de ese hombre nuevo creado a imagen de Dios, con la rectitud y santidad propias de la verdad. Y ese hombre es Cristo. La rectitud y santidad nos recuerdan la armonía original del hombre, de Adán, que es restaurada en el nuevo Adán, Cristo. El paganismo se muestra como una vida sin Dios, aunque pudiera tener la connotación de una vida religiosa. Y ese era el problema que afectaba al judaísmo anterior y contemporáneo a Jesús: vivir religiosamente pero sin vivir según Dios. Aunque el judaísmo represente nuestro «pasado» salvífico, no obstante, no acarreamos con sus culpas, sino que hemos sido lavados en la sangre del Cordero. Por eso, aunque en la breve profecía de Ezequiel se habla del castigo de Dios, en el psallendum clamamos: No guardes para nosotros culpas de los antepasados. También detectamos una continuidad con la temática del domingo pasado: la glorificación de Dios. Dios dice por boca del profeta que, por medio del castigo, se cubrirá su gloria. En efecto: Sabrán que yo soy el Señor cuando haga justicia contra ella y brille en ella mi santidad. En castigo tiene un sentido medicinal, reconocer quién es Dios, que a él se debe toda alabanza y que debemos vivir según la Alianza que Él hizo con nosotros.
            Poner la mirada en Dios y no en nosotros mismos es fundamental para una verdadera conversión. En el evangelio Zaqueo, que también era hijo de Abrahán como los judíos a los que profetizaba Ezequiel, sale de sí mismo y va a la búsqueda de Jesús. Él no pasa desapercibido para el Señor, a pesar de su baja estatura. La conversión del corazón produce la alegría divina. En otro pasaje evangélico Jesucristo adoctrinaba acerca del gozo que hay en el cielo por un pecador que se convierte. Y esa alegría se plasma en el deseo de Cristo de alojarse en la casa de Zaqueo. La felicidad se hace recíproca: Zaqueo se alegra de que su conversión ha sido acogida. Y por ello ese movimiento interior del corazón se hace externo: Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”. Esto, que podría traducirse en la pobreza futura de Zaqueo, es en realidad salvación. Por eso en el canto de laudes cantamos: Danos salud, Señor, danos prosperidad, esto es, danos, Señor, la capacidad de convertirnos a ti, y así, alcanzar la salvación, la verdadera prosperidad.

Adolfo Ivorra

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