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XXIV Domingo Cotidiano.

Profecía: Jer 32, 36-42
Psallendum: Sal 65, 1. 2. 8
Apóstol: Ef 3, 8-13
Evangelio: Lc 18, 18-30

            En este domingo nos encontramos con un episodio que hemos escuchado domingos atrás. Se trata del evangelio del joven rico, que leíamos el domingo IX en la versión de Marcos. Como decíamos en el domingo IX, este evangelio invita al seguimiento radical, a no tener apegos a las cosas de este mundo. La crítica a los ricos no se dirige a los que tienen riquezas, sino a los que viven apegadas a ellas. Por eso los apóstoles se espantan: Entonces, ¿quién puede subsistir? Si Jesús se refería a los ricos en sentido económico, los apóstoles no se habrían sorprendido: a lo largo de la historia de los pueblos los ricos suelen ser un mínimo porcentaje de la población mundial. En cambio, los que viven apegados a las cosas materiales son “legión”. Por otro lado, el Señor propone la limosna como un acto de misericordia de valor especial: dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo.
            El evangelio de este domingo tiene también otro sentido, especialmente comentado durante mucho tiempo en la Iglesia para hablar de las actitudes propias de aquellos que se consagran a Dios (religiosos). Más allá de las explicaciones dadas a partir de este texto evangélico, es claro que el que quiere seguir a Jesús de cerca –invita al rico a ser parte del grupo que está con Él– debe vivir para la misión, libre de las ataduras del sæculo, de la mundanidad. Por eso Pedro, en nombre del colegio apostólico, le dice: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
            El seguimiento radical de Jesucristo no es para menos. El apóstol de hoy dice que por medio de la Iglesia incluso los seres celestes conocieron mejor el designio divino: Así, mediante la Iglesia, los Principados y Potestades en los cielos conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en él. El misterio de Dios, escondido por siglos, se ha manifestado en Cristo y es predicado y celebrado por la Iglesia. Como el pueblo de Israel durante algún tiempo, la Iglesia ahora, de forma permanente, es renovada por su Señor como dice la profecía de Jeremías: Les daré un corazón entero y una conducta íntegra, para que me teman toda la vida... Me gozaré haciéndoles el bien. Colmada de la sabiduría y el amor del Padre, la Iglesia celebra el misterio de Dios hecho carne en Jesucristo y culminado en su misterio pascual. Por eso la Iglesia no es una agrupación de gnósticos, conocedores de los misterios de Dios, sino que es principalmente la depositaria del amor divino. El conocimiento de las profundidades de Dios se acompaña del amor a Él. Por eso el cristianismo no es sólo “teología”, sino también –y conjuntamente– “liturgia”, por lo que en el psallendum cantamos Aclamad a Dios toda la tierra, cantad la gloria de su nombre, tributadle su gloriosa alabanza.

Adolfo Ivorra

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