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XXII Domingo de Cotidiano.

Profecía: Jer 31, 10-14
Psallendum: Sal 63, 3; 19, 3
Apóstol: Ef 2, 11-22
Evangelio: Lc 18, 1-8

            Las lecturas de hoy están inconexas entre sí de una forma palpable. El psallendum pide auxilio y seguridad frente a los malvados, pero el contenido de la profecía de Jer 31 es la alegría por la redención del Señor: Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte. Quizás la súplica del psallendum esté relacionada en algo con el evangelio de la viuda y del juez injusto. Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. Estos hombres son los que se sirven a sí mismos. Y sólo por cosas mundanas reacciones: la súplica insistente de la viuda es la causa de que se decida a aplicar la justicia. El juez conoce la ley y la justicia, pero no las sigue. Dios ha redimido a su pueblo, pero él sigue muy ocupado en sus asuntos. Sin embargo, aunque en sí mismo sea un obstáculo para la construcción del Reino de Dios, hay “mecanismos” mundanos que hacen que él, al margen de su voluntad y por razones que nada tienen que ver con Dios, también contribuya a hacer presente la justicia. El psallendum pide el auxilio desde el santuario, esto es, pide el auxilio divino. Y ante la insistencia de sus fieles Dios no puede quedar indiferente. Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis dirá san Bernardo (Sermo 26, 5).
            La carta de san Pablo a los Efesios nos vuelve a presentar otra reflexión en torno a la Iglesia. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu. El tiempo de Cotidiano presenta en sus lecturas el establecimiento y consolidación del Reino de Dios. A este Reino confluyen paganos e israelitas, que ahora están en Cristo Jesús.

Adolfo Ivorra