XVIII Domingo de Cotidiano.


Profecía: Jer 22, 13-19

Psallendum: Sal 54, 7. 6

Apóstol: Gal 5, 14-6, 2

Evangelio: Lc 16, 19-17, 4


A diferencia del Domingo anterior, en éste todas las lecturas comparten un sustrato común, que podemos ver resumido en el primer versículo del apóstol de hoy: Toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». La ley que rechaza san Pablo es la mosáica, pero el canto de laudes después del evangelio nos invita a escuchar la nueva ley: Escucha mi ley...las palabras de mi boca. Para el Apóstol es necesaria la guía del Espíritu Santo para poder cumplir el amor al prójimo. Si ayer la ley era pedagogo que guiaba al pueblo de Israel, ahora es el Espíritu el que guía a la Iglesia. Pero también el Espíritu es meta del creyente. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. El conoce los dones de Dios no sólo los aprecia sino que los quiere más abundantes. Y sólo los puede encontrar en la comunidad de los redimidos que es la Iglesia. Por eso la solidaridad en las buenas obras: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo.

Profecía-psallendum y evangelio nos transmiten la misma gravedad ante el afán de riqueza y el desprecio de la ley de Dios. Si tu padre comió y bebió y le fue bien, es porque practicó la justicia y el derecho; hizo justicia a pobres e indigentes, y eso sí que es conocerme, oráculo del Señor. Estas palabras divinas en Jeremías nos indican que el derecho, la justicia, todas las instituciones relacionadas con la ley miran en favor del que nada tiene. La tentación es vivir al margen de la justicia: Me construiré una casa espaciosa con salones aireados, abriré ventanas, la revestiré de cedro, la pintaré de bermellón. ¿Piensas que eres rey porque compites en cedros? El hombre que vive al margen de la justicia quiere ser él mismo ley. Por eso la condena del profeta no se hace esperar. Sus palabras son duras: No le harán funeral cantando: ¡Ay hermano mío, ay hermana! No le harán funeral: ¡Ay Señor, ay Majestad! Lo enterrarán como a un asno: lo arrastrarán y lo tirarán fuera del recinto de Jerusalén. Para el que no practicó la justicia no hay redención posible, y de nada sirven los ruegos de la comunidad. Ante esta dura condena surge en el creyente cierta inseguridad, pues todos somos pecadores y todos hemos cometido injusticias. Por eso en el psallendum cantamos, de forma individual, miedo y temblor me invaden.

Ser enterrado fuera de Jerusalén es una imagen que utiliza el profeta Jeremías para anunciar que el injusto nada tiene que ver con la ciudad santa, la Nueva Jerusalén de la que nos habla el libro del Apocalipsis. El evangelio del pobre Lázaro y el rico malvado, que no reparaba ante el pobre que tenía cerca de él, nos presenta también una visión aún más dura y definitiva que la de la profecía de hoy. También nos expone la cerrazón del corazón humano, que no hace caso ni de revelaciones sobrenaturales: Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen. El rico contestó: No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Al final del evangelio de hoy nos encontramos con unos versículos que vienen a ser como una especie de recomendación moral. Se nos habla del perdón sin límites que debe haber entre nosotros, pero quizás lo más directamente relacionado con las lecturas de hoy sea la condena al que escandalice, porque, ciertamente, la injusticia con el pobre y desvalido es un escándalo. Sobre todo en medio de creyentes en el Dios vivo.


Adolfo Ivorra