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X Domingo de Cotidiano.

Décimo domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 7, 1-7

Psallendum: Sal 25, 6-8

Apóstol: 1Cor 1, 3-9

Evangelio: Mc 10, 46-52


Al final de los «Domingos de Marcos» cambiamos de profeta mayor en la profecía: Jeremías. Este profeta nos acompañará buena parte de los «Domingos de Lucas», junto con el profeta Ezequiel (éste a partir del domingo XVI). También hoy se deja de leer la carta de san Pablo a los Romanos, que habíamos escuchado hasta este domingo, exceptuando el domingo VI. Aparentemente este cambio de profeta no introduce una temática diferente: se insiste en las actitudes que el creyente debe tener con Dios. Sin embargo, este domingo, mientras el evangelio vuelve sobre la instauración del Reino, el binomio profecía-psallendum y el mismo apóstol tienen un significado litúrgico-moral.

La conducta moral recta es la condición sine qua non para que el Señor se haga presente en el templo, no la repetición es el Templo del Señor. La actitud interior que exige Jeremías en nombre de Dios se expresa en el psallendum: Lavo mis manos en la inocencia y ando en torno a tu altar. La presencia de Cristo en la liturgia no depende de los hombres ni de su actitud moral. Tampoco el efecto santificador de los sacramentos. Pero en el culto veterotestamentario, al no producir la santificación per se sino por la esperanza en el Mesías, es necesaria una actitud moral concorde con esa esperanza. Pero esta talante, necesario para el culto del Antiguo Testamento no es contingente en el nuevo. Aunque no lo recoja el evangelio de este domingo, Jesús resalta también la dimensión moral del culto (cf. Mt 5, 23s y par.). Lo mismo el apóstol de hoy: no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. También el cristiano espera, no ya la manifestación del Mesías, que ya ha ocurrido de la cual hace memoria, sino de la manifestación definitiva, del advenimiento glorioso de nuestro Señor. Para dar el trasfondo litúrgico cristiano a esta idea, en la lectura de 1Cor de este día se recoge una fórmula litúrgica, que en nuestro rito se hace antes de la anáfora: La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En el texto litúrgico se amplía: La gracia de Dios, Padre todopoderoso, la paz y el amor de nuestro Señor Jesucristo y la comunión con el Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros. La respuesta de la asamblea, distinta de otras tradiciones litúrgicas –que repiten el y con tu espíritu–, deja entrever la dimensión moral: Y con los hombres de buena voluntad. Y siguiendo con la dinámica propia que habíamos descrito al aludir a Mt 5, 23s, después de este saludo –más que bendición– sigue el rito de la paz.

El evangelio no es de Mt 5, sino de Mc 10. Desde un punto de vista temático quizás hubiera sido preferible el texto de Mateo. Sin embargo, la selección actual va por otros derroteros. El evangelio de hoy se limita a continuar con la temática general de este tiempo, el Reino de Dios. La curación del ciego Bartimeo, y la fe que muestra al llamar a Cristo Hijo de David y confiar en Él, son una breve muestra de que es necesaria la fe para la iluminación, para conocer cuál es la verdad de Dios. Y en el caso de este domingo, cuál es la verdadera actitud del creyente en la liturgia.


Adolfo Ivorra