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La Cena del Señor.


Pablo Blanco, La Cena del Señor. La Eucaristía en el diálogo católico-luterano después del Concilio Vaticano II, Eunsa («Colección teológica» 119), Pamplona, 2009, 318pp., ISBN 978-84-313-2610-4.

La doctrina y la reflexión teológica de las comunidades cristianas surgidas de la Reforma protestante o vinculadas teológica o espiritualmente a ellas, suele ser ampliamente desconocida en el ámbito de la lengua española. Con La Cena del Señor, el doctor Pablo Blanco, profesor de teología dogmática en la Universidad de Navarra, intenta cubrir parte de ese desconocimiento. En el ámbito anglicano hay que acudir a estudios en lengua inglesa, como la tesis doctoral del reverendo Brian Douglas Ways of Knowing in the Anglican Eucharistic Tradition: Ramifications for Theological Education, disponible en internet.
P. Blanco divide su estudio en cuatro capítulos, el primero de tipo histórico, que trata de la eucaristía en Lutero y la respuesta de Trento, el segundo sobre los documentos oficiales y no-oficiales del diálogo católico-luterano sobre la eucaristía, el tercero sobre la reflexión teológica, también después del Vaticano II, sobre la dimensión sacrificial, para terminar en el capítulo cuarto sobre la reflexión teológica en torno a la presencia real.
En su primer capítulo, el autor adopta la misma metodología que apreciamos al leer la Simbólica de Möhler: conocer en profundidad la doctrina católica al compararla con la postura luterana. En este capítulo se recuerda la reforma “litúrgica” de Lutero, su supresión del ofertorio y las referencias sacrificiales del canon, etc. También el rechazo de la terminología para explicar la presencia real –transustanciación–, la omisión de toda veneración de las especies eucarísticas extra usum, la comunión obligatoriamente bajo las dos especies, y cómo la teología eucarística de Lutero se articula en torno a las palabras del Relato de la institución, que son consideradas como verba testamenti y verba Christi. La comunión bajo las dos especies fue concedida como indulto por Pío IV para algunas diócesis, pero retirada por Gregorio XIII en 1584. Al escribir sobre la respuesta católica, el autor trae a la memoria las futuras aportaciones del benedictino Odo Casel y del teólogo reformado Max Thurian sobre el concepto de memorial, diciendo más adelante que «el concepto de memoriale y la noción tridentina de repraesentatio son perfectamente concordes y correlativas» (p. 75). También se tratan los distintos pareceres de los reformadores y las consecuentes respuestas católicas en el concilio de Trento. Ya en este capítulo descubrimos la importancia que da el autor al documento oficial La Cena del Señor (1978).
El segundo capítulo resume las posturas y reflexiones de los principales documentos ecuménicos, oficiales o no, sobre la eucaristía. Cabe resaltar Bautismo, Eucaristía, ministerio (1982), conocido también como “Documento de Lima”, en el que la eucaristía se concibe como eulogía, la consagración de los dones como fruto de las verba Christi o de la epíclesis del Espíritu; el grupo de trabajo Revisión de las condenas del siglo XVI (1986), donde se establece que «el carácter comunitario y propiciatorio de la Cena alcanzaría también a los difuntos, quienes siguen formando parte de la Iglesia», además de admitir una diferencia gradual entre los diferentes signos y acciones eclesiales, volviendo así sobre la relación entre sacramenta maiora y sacramenta minora.
En cuanto a la Comisión mixta católico-romana/evangélico-luterana, sale a relucir La Cena del Señor (1978), calificado de “catecismo ecuménico sobre la Eucaristía”, en donde el aspecto sacrificial de la eucaristía se plantea como participación (Teilhabe) en el sacrificio de Cristo, descubriendo en la noción de sacrificio de alabanza un concepto reconciliador.
De gran interés es la reflexión teológica en torno a la dimensión sacrificial y la presencia real, que el autor sintetiza adecuadamente. Entre algunos autores “menores” citados, es importante el recordatorio de E. Jüngel sobre el culto en Lutero, «caundo sostuvo en el De captivitate babylonica que el culto es una pars evangelii, immo summa et compendium evangelii» (p. 146). Los autores a los que dedica un estudio más amplio son Wolfhart Pannenberg, Gunther Wenz, Joseph Ratzinger, Walter Kasper, Lothar Lies y Miguel María Garijo-Guembe.
En Pannenberg se aprecia la asunción de nuevas categorías: «“Anámnesis y epíclesis caracterizan la forma litúrgica de la celebración de la Cena del Señor”, al mismo tiempo que el memorial de la pascua del Señor» (p. 158). Es curiosa la “ubicación” de Pannenberg de la anámnesis en su Systematische Theologie (III, 340): «La anámnesis comienza con la llamada “levantemos el corazón”». Con Wenz vemos empleado el término epaphax en la dotrina del semel et pro semper. Ratzinger resaltaba la iniciativa divina, tal y como lo había puesto de manifiesto la concepción luterana de sacrificio. También el entonces teólogo Ratzinger se acogía al término memorial, que en expresión de P. Blanco «él [Ratzinger] consideraba como un concepto que podría aclarar ideas y posiciones encontradas, y tender al mismo tiempo puentes ecuménicos» (p. 169). Ratzinger también comprendía la eucaristía como “fiesta de la resurrección”, en la línea de otras propuestas del momento, pero sin descuidar otros aspectos más tradicionales: «Como tal presupone el misterio de la cruz, estadio previo a la resurrección. Llamar a la Eucaristía la “comida de la comunidad” es trivializarla, puesto que ha costado la muerte de Cristo, y la alegría que conlleva presupone la entrada en el misterio de la muerte» (p. 176). La teología de Kasper, tal como la presenta Blanco, aunque parece distanciarse de explicaciones más tradicionales como la repraesentatio passionis, cae a mi parecer en una concepción típicamente escolástica al dar gran valor al Relato de la institución, aunque lo conjugue con una cierta pneumatología. No deja de ser paradójico que será años después, ya como presidente del Pontificio Consejo de Promoción de la Unidad de los Cristianos, en 2001 se emita un documento que considera válida la anáfora asiria de Addai y Mari, que carece del Relato de la institución. En Lies se vuelve sobre el valor teológico de la fracción del pan. Blanco resume esta postura diciendo que «Los gestos y las acciones litúrgicas nos hablaría también de la naturaleza sacrificial de toda la celebración eucarística» (p. 193). Garijo-Guembe sintetiza en cierto modo las posturas de los teólogos ya mencionados, pero da una importancia singular a los textos litúrgicos: «El acento puesto en la acción de gracias que contienen todas las plegarias eucarísticas, lleva a la conclusión de que la Misa puede ser vista como sacrificio propio de la comunidad. “Esta estructura teológica y literaria aparece en la liturgia romana en la clásica invitación de la oración de las ofrendas: ‘orad…para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios Padre todopoderoso’”» (p. 199).
La reflexión sobre la presencia real ha sido mucho menos fructífera entre los teólogos evangélicos. En general se ve un intento de justificar esta presencia desde las verba Christi y sobre el sentido no-físico de la transformación eucarística, como se refleja en Lies, resumido por Blanco: «No se trata pues de una presencia física, sino tan solo metafísica y sustancial» (p. 254). El autor recuerda en varias oportunidades la práctica que también se observa en las comunidades de la reforma de dar la comunión a los enfermos como un ejemplo de la fe en la presencia eucarística fuera de la Cena. Sin embargo, fuera de este caso, el rechazo de estas comunidades a otro tipo de “uso” de la eucaristía es patente.
En general, el libro de P. Blanco es un buen estudio sobre la cuestión de la eucaristía en el diálogo católico-luterano después del Vaticano II y viene a cubrir, como hemos dicho, un vacío en lo que se refiere a los estudios específicos en lengua española sobre la eucaristía en las comunidades luteranas. Se echa de menos, quizás, los acuerdos y avances que ha habido sobre la lectura de la Sagrada Escritura en la Cena y en la Misa después del Vaticano II, puesto que ni la Cena ni la Misa se reducen al Relato de la institución y/o plegaria eucarística. Quizás la razón de esto se deba a que al incluir esta cuestión seguramente se habría duplicado el número de páginas del libro. Otra cuestión que se puede echar en falta es el cambio que se ha sufrido en estas comunidades en su praxis cultual: ¿cómo ha evolucionado la frecuencia de la celebración de la Cena? El uso de varias comunidades de los libros litúrgicos romanos emanados de la reforma litúrgica del Vaticano II, además de la edición de nuevos libros inspirados en éstos, ¿han influido en el acercamiento de las últimas décadas, en la reflexión de los teólogos, etc.? Estos datos serían de gran interés para comprobar algo que el mismo autor afirma: «En efecto, el conocido adagio lex orandi, lex credendi se da también en este ámbito, y también a veces se puede convertir en una lex theologandi» (p. 277). En cualquier caso, es evidente que esta publicación se convertirá en una obra de referencia y de consulta obligada para todos aquellos que quieran profundizar en la teología ecuménica o en la eucarística, debido al rigor científico con el que han sido tratadas todas las cuestiones que allí se tratan.


Adolfo Ivorra
Recensión publicada en Pastoral Litúrgica 313 (2009) 439-442.