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Segundo Domingo de Adviento (hispano-mozárabe).


Segundo domingo de Adviento, Año II:

Profecía: Is 28,16s; 29,17-24.
Psallendum: Sal 79,3.2.
Apóstol: 1Cor 4,1-5.
Evangelio: Mt 11,2-15.

En este Año II, la perspectiva de este domingo es más mesiánica todavía que el anterior. La primera lectura y el evangelio comparten esta vez la misma visión sobre la plenitud de los tiempos: Oirán aquel día los sordos palabras de un libro, y desde la tiniebla y desde la oscuridad los ojos de los ciegos las verán, los pobres volverán a alegrarse en Dios, y los hombres más pobres en el Santo de Israel se regocijarán, dice la profecía con sus versículos escogidos. El evangelio: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan sanos y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se anuncia el Evangelio. Los ciegos y los pobres aparecen como los principales destinatarios de la salvación. Quizás a los primeros esté referido el último versículo de la profecía, pues el contenido de la iluminación en los Padres de la Iglesia suele ser la sabiduría de las cosas divinas: Los descarriados alcanzarán inteligencia, y los murmuradores aprenderán doctrina. Los pobres, que no tienen poder en este mundo –poder que pide el salmo a Dios– lo obtienen en la justicia del Dios de Jacob: Pondré la equidad como medida y la justicia como nivel. Sin embargo, esta centralidad de la acción mesiánica de este Año II no descuida el elogio que hace Cristo de Juan el Bautista: En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista. La liturgia hispana acogerá la frase del Mesías con especial aprecio, pudiéndose afirmar que el santo más apreciado por ella es Juan el Bautista: es el único santo que tiene un domingo que sirve de preparación para su fiesta (24 de Junio). Los demás santos de importancia tendrán un día previo de preparación, normalmente de carácter penitencial, pero nunca un domingo. Por tanto, su preparación es propiamente festiva y extraordinaria, rompiendo la sucesión de domingos De Cotidiano.
El Apóstol a los corintios continúa con la temática del anterior del Año I, centrándose en un tema aludido: la conciencia (1Cor 4, 4). La ser el Señor el Juez de la vida del creyente, no se debe temer ningún tribunal humano. Con esto se complementa la doctrina sobre la autoridad proveniente de Dios, tema del Apóstol del año pasado. También encontramos continuidad con los “efectos mesiánicos” de la profecía y del evangelio referidos a los ciegos, pero desde una perspectiva moral: Él iluminará lo oculto de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones. Hay que señal, sin embargo, que la conciencia y la moralidad del cristiano tienen en el Apóstol un fundamento cristológico: Así han de considerarnos los hombres: ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. El trasfondo litúrgico de estas palabras no es difícil de apreciar, mostrando una vez más que debe existir una continuidad entre liturgia y vida.