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La doctrina eucarística de Adrevaldo de Fleury.

Artículo publicado en Liturgia y Espiritualidad 40 (2009), 372-378.

Adrevaldo de Fleury (†897) fue un monje benedictino francés, abad de Fleury, conocido por su obra Miracula s. Benedicti y, recientemente, por su desprecio del acto del comercio. Su doctrina eucarística se recoge en la obra De corpore et sanguine Christi contra ineptias Ioannis Scoti[1], en polémica contra la interpretación eucarística Juan Escoto Eriúgena (†877), traductor de las obras del Pseudo-Dionisio Areopagita. Sin embargo, nunca expone el pensamiento de Juan Escoto del cual quiere hacer controversia, sino que se limita a exponer los comentarios de san Jerónimo, san Agustín y san Gregorio magno. Esta carencia es desafortunada, pues la obra eucarística de Juan Escoto no ha llegado a nosotros. Se especula que concebía la presencia eucarística de Cristo como meramente simbólica. La “recopilación” de Adrevaldo es una simple muestra de auctoritates sobre el realismo eucarístico, pero su selección nos da una idea de su pensamiento eucarístico.

1. El recurso a san Jerónimo

La selección de autores de Adrevaldo se sitúa entre los ss. V-VI: san Jerónimo (†420), san Agustín (†430) y san Gregorio Magno (†604). Ignoramos si tenía una intencionalidad cronológica su presentación de los autores. Tanto Padres como Monjes se posicionaron con respecto al Antiguo Testamento en referencia a la liturgia de dos maneras: concibiendo el sistema cultual y los personajes veterotestamentarios como un indicio, una figura de la liturgia eclesial inaugurada por Cristo o como un sistema caduco, falso y cruel, en comparación con el espiritual cristiano. Adrevaldo comienza con san Jerónimo, específicamente con su comentario al evangelio de Mateo, y se decanta por la solución de continuidad con el Antiguo Testamento: el pan de la última cena, al modo del vino comprendido por el Antiguo Testamento (cf. 2Sam 13, 28; Est 1,10; Sal 4, 8; 104, 15; Ecclo 31, 28; 40, 20; Zac 10, 7), confortaba el corazón del hombre. El sacramento verdadero de la Pascua estaba prefigurado en Melquisedec, que ofreció pan y vino (cf. Gn 14, 18).

En ad Edibiam, Jerónimo vuelve sobre el capítulo 26 evangelio de Mateo: «Os aseguro que no beberé desde ahora de este fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba con vosotros nuevo, en el Reino de mi Padre». La selección de este texto permite a Adrevaldo presentar el relato de la institución (narratio institutionis) según la versión de Mateo. Al hacer esto, nos indica que su reflexión sobre la narratio institutionis no se fundamente en la anáfora hispano-galicana, que depende más bien del texto de 1Cor, sino de la romana, presente desde hace tiempo en tierras galas. Además, la presentación de la narratio institutionis al principio de su exposición nos hace ver la importancia de las palabras de la institución para Adrevaldo. Aunque el texto de Jerónimo presente citas textuales de los salmos con respecto al cáliz, en este texto se evidencia la segunda forma de afrontar el sistema cultual del Antiguo Testamento: como un sistema caduco. Jerónimo invita a rechazar las fábulas judías y ascender al cenáculo del Señor. Después sucede la típica visión espiritualizada del culto cristiano, en tensión con el culto cruento veterotestamentario: se recurre a Rm 14, 17, descartando el sentido de banquete en favor del sentido espiritual; Moisés no dio el pan verdadero, sino que fue Cristo que se convierte él mismo en convite, el verdadero fruto de la vid, el vino de Soreq[2]. Todo esto lleva a Jerónimo a rechazar lo vetusto de la letra en favor de la novedad del espíritu, cantando el cántico nuevo en el reino de la Iglesia, que es el Reino del Padre. Por tanto, el verdadero fruto de la vid es Cristo mismo, y éste se encuentra en la Iglesia, en su liturgia.

Adrevaldo escoge otro texto de Jerónimo para profundizar en esa división de lo físico y lo espiritual. En la Exposición sobre la carta a los Efesios, Jerónimo comenta que el cuerpo y la sangre de Cristo se pueden comprender de dos formas, de modo espiritual como aparece en Jn 6, 55[3], o según la historia: la carne y sangre crucificada y atravesada por la lanza. Adrevaldo presenta en esta misma línea un comentario al libro de Isaías, donde se vuelve sobre el valor del Antiguo Testamento para realzar una vez más el sentido espiritual del culto cristiano. Dios no quiere la inmolación de víctimas. Por tanto, debemos pasar de los tipos e imágenes a las spiritales hostias, porque la nuestra es una ley espiritual: todo lo que los judíos hacían de forma carnal debemos hacerlo nosotros de forma espiritual. Reforzando estas ideas, Adrevaldo transcribe un último texto de Jerónimo, su comentario al libro de Malaquías, donde se habla de la oblación pura, para resaltar la inmundicia de las víctimas judías y la pureza de la cristiana.

2. El recurso a san Agustín

Adrevaldo recurre a san Agustín con la misma intención con la que recurre a Jerónimo, aunque da también un sentido moral a la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo. Situado en la misma época que Jerónimo –muere diez años después que éste–, no es difícil encontrar en Agustín las mismas reflexiones. Con su exposición sobre el evangelio de Juan, Adrevaldo vuelve sobre el maná: este acontecimiento del Antiguo Testamento debe ser interpretado de forma espiritual, ya que hoy es cuando recibimos el alimento visible que es sacramento, además de la virtus sacramenti. El pan celeste debe ser comido se forma espiritual. Con esto, se expone la diferencia entre lo externo y lo interno del sacramento, dando valor no al aspecto externo sino a Cristo contenido en los dones[4]. Al final del texto de san Agustín citado por Adrevaldo se vuelve sobre el maná: éste era sombra, el de ahora, el pan bajado del cielo que es Cristo, es el verdadero. Al citar este texto, Adrevaldo da un paso más que con Jerónimo: el culto cristiano no sólo difiere del judío, sino que posee en sí mismo una dimensión física y una espiritual; si el judío era puramente exterior frente al cristiano que era esencialmente espiritual en Jerónimo, ahora se declara que el cristiano también tiene un aspecto exterior, pero está supeditado al espiritual.

Adrevaldo cita a continuación del Tratado LXII de Agustín para dar la connotación moral del sacramento cristiano. En realidad se trata de un «break» expositivo sobre la relación entre lo exterior y lo espiritual. Agustín reflexiona sobre el texto de 1Cor 9, 27, sobre los indignos que se acercan a comulgar. El pensamiento de Agustín es todavía más severo que el de Pablo: el que come el pan de Cristo en pecado se convierte en Judas Iscariote, y lo que come no es a Cristo sino el pan de Satanás, del mismo modo que entró en Judas el Diablo para traicionar a Jesús. Después de esta breve reflexión moral, Adrevaldo trae una homilía de san Agustín de la resurrección para volver a reflexionar sobre lo que los ojos ven y lo que realmente está delante de nuestros ojos. El turno ahora es el de la Pascua judía, que era figura e imagen de una realidad corroborada y hecha realidad en la verdadera Pascua de Cristo. En los comentarios de san Agustín a los salmos Adrevaldo vuelve sobre la relación entre el culto judío y el cristiano desde las categorías de signos de promesa – verdad prometida, sombra – luz.

3. El recurso a san Gregorio

San Gregorio Magno pertenece a otra época y contexto teológico. Sin embargo, la intención de Adrevaldo para traerlo a colación es volver nuevamente sobre la relación entre lo espiritual y lo externo. Gregorio habla de la boca corporal y la boca del corazón. Ésta última es la que sume la redención del sacramento de la pasión. Después de esa breve presentación del comentario sobre el Éxodo, Adrevaldo cita los Diálogos, donde Gregorio habla del sacrificio cotidiano de las lágrimas y de la inmolación cotidiana de la carne. Con esto se da una dimensión existencial al misterio de la sagrada oblación que se inmola. Sin embargo, la atención se centra en la cotidianeidad. Gregorio relaciona el misterio del cuerpo que se sume por manos de los fieles con la oración del Padrenuestro. Nuevamente, el texto de la oración dominical se puede entender de dos maneras, spiritaliter et simpliciter. Cristo es el pan de vida, pero no el pan de todos, sino de nosotros (los bautizados). Esto lleva a comparar la oración dominical con la eucaristía: llamamos a Cristo pan nuestro, del mismo modo que llamamos Padre nuestro al Padre de los creyentes. El Cristo que comulgamos cotidianamente intercede por nuestros delitos ante el Padre. Por medio de esa comunión llegamos a la vida eterna.

La cotidianeidad que alude san Gregorio llega a su realización literal –esto es, diaria– en la época carolingia, cuando Alcuino introduce la costumbre de celebrar la eucaristía los sábados en honor a María[5], completando así la celebración diaria. Para cuando escribe Adrevaldo, la oración dominical y la oración eucarística se proclamaban todos los días[6].

Aunque se trate de una simple presentación de textos de tres Padres de la Iglesia, Adrevaldo nos deja ver su doctrina eucarística. Por su insistencia en el sentido espiritual del culto cristiano, algunos podrían pensar que da una visión espiritualista. Sin embargo, con esto se quiere rechazar simplemente el sistema cultual del Antiguo Testamento. Esto no significa asumir una visión meramente simbólica de la eucaristía, como lo ponen de manifiesto los textos litúrgicos[7]. Por tanto, éste es un paso previo en la formulación que pretende realizar Adrevaldo de Fleury, y en sí misma no tiene un valor positivo o negativo de cara al realismo eucarístico. Cuando el concepto de sacrificio se comprende desde aquél de Cristo y no desde los veterotestamentarios –que ya han dejado de existir– el concepto de sacrificio se espiritualiza, en el sentido de que los sacrificios eclesiales son incruentos: la misa es una re-presentación incruenta. Esto da pie a una nueva discontinuidad: los sacrificios veterotestamentarios son un espectáculo sangriento, a diferencia del sacramento eclesial[8]. Es probable que el tratado de Juan Escoto Eriúgena se recreara en varios tipos veterotestamentarios, lo que llevó a Adrevaldo a minusvalorarlos en favor de la realidad subyacente del sacramento eclesiástico.

El valor del relato de la institución, la consideración de los dones eucarísticos como la realidad que prometían los tipos veterotestamentarios, la doble consideración de la realidad de Cristo –en los dones y en la historia– junto con la visión exterior –pan y vino– y la mirada de fe que apunta a la presencia de Cristo nos transmiten la necesidad de mostrar al lector la pluralidad de niveles interpretativos. Finalmente, la dimensión moral y espiritual del sacramento nos dan una aproximación importante a Adrevaldo: la comunión adquiere un gran valor y es necesaria una vida moral intachable, mientras que la petición del pan cotidiano del Padrenuestro se interpreta en sentido eucarístico[9]. Aunque sea un testimonio más de las intenciones de la teología monástica, con su selección Adrevaldo nos da su visión de lo que es la eucaristía y de los aspectos que él consideró más importantes.

Adolfo Ivorra

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[1] Cf. PL 124, 947-954.

[2] La única alusión a Soreq en la Escritura es para describir la procedencia de Dalila, mujer de la que se enamora Salomón (cf. Jue 16, 4).

[3] «Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida».

[4] quod pertinet ad virtutem sacramenti, non quod pertinet ad visibile sacramentum; qui manducat intus, non foris; qui manducat in corde, non qui premit dente.

[5] Cf. A. G. Martimort, La Iglesia en oración, Barcelona, 1992, 1036.

[6] Cf. R. Taft, La frecuencia de la eucaristía a través de la historia, en Concilium 172 (1982), 181.

[7] Así, la illatio II De Cotidiano del actual Misal Hispano-Mozárabe: «Aquí no se oyen balidos de ovejas, ni mugidos de toros, ni piar de aves que recuerden el dolor del instante de la muerte; no causa horror la sangre ni da fastidio la violencia; nuestra víctima es tan admirable y asombrosa que permanece incruenta, aun cuando la gustamos viva; pues aunque se come el cuerpo verdadero y se bebe la sangre auténtica, no se experimenta horror alguno, ya que se ofrece la salvación de los hombres con un manjar y una bebida espirituales. Nuestro bendito Señor Jesucristo, tu Hijo, que vino en tu nombre, nos mandó que te ofreciésemos este sacrificio: nosotros cumpliendo sus preceptos, recordamos sus palabras y repetimos sus acciones».

[8] Cf. F. Manzi, «Antiquum documentum novo cedat ritui». Compimento cristologico del sacrificio dell’Antico Testamento, en Ephemerides Liturgicae 119 (2005) 303-305; A. Ivorra, Los sentidos de la Liturgia en Amalario de Metz. Bautismo y Eucaristía, Toledo, 2007, 58-60.

[9] No obstante, ésta no es la única interpretación que se da a partir de entonces, y los autores llegarán a distinguir, como lo hace Inocencio III, cinco tipos distintos de pan: «Cinco tipos de pan nos son necesarios, cuatro en este camino, y el quinto en la otra vida: el pan material, espiritual, doctrinal, sacramental y eterno. El pan material para nuestro alimento, el pan espiritual para nuestra formación, el pan doctrinal para nuestra enseñanza, el pan sacramental para la expiación y el pan eterno para nuestra fruición»: El santo misterio del altar, V, 23, citado en AA.VV., La oración del Señor (Mt 6,9-13; Lc 11,2-4), Navarra, 2008, 101.