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Los lineamenta del Sínodo de la palabra

La XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos reflexionará sobre La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia . Aunque los lineamenta dedican un solo número –el 22– a las relaciones entre Escritura y liturgia, podemos descubrir varios aspectos litúrgicos en varios números. El número 22, dedicado específicamente a la Escritura en la liturgia, no constituye un apartado independiente, sino que es un epígrafe de un apartado ( La Iglesia se alimenta de la Palabra de varios modos ). El esquema no es muy afortunado, pues la liturgia queda como un elemento más que sirve como alimento de la Palabra para la Iglesia. Los elementos para los lineamenta son:

La liturgia y la oración.

La evangelización y la catequesis.

La exégesis y la teología.

La vida del creyente.

Estos elementos tan dispares son integrados antes, en el número 21: «la Palabra, anunciada y escuchada, exige hacerse Palabra celebrada a través de la liturgia y de la vida sacramental de la Iglesia, para comenzar así a animar una vida según la Palabra, a través de la experiencia de la comunión, de la caridad y de la misión». Por tanto, el esquema mental es el siguiente: evangelización , liturgia , vida . Descubriremos, además, que todos los elementos que se proponen como alimento de la Palabra, se contienen o están en íntima conexión con la Iglesia.

Citando a SC 35 con su exhortación a una claridad en la conexión entre palabra y rito dentro de la liturgia, el número 22 comienza diciendo que Dios habla en la oración, litúrgica o no. Esta afirmación poco tiene que ver con la cita de SC 35, y poco con la siguiente afirmación: «La Sagrada Escritura, en efecto, es una realidad litúrgica y profética: una proclamación y un testimonio del Espíritu Santo sobre el evento de Cristo, más que un libro escrito». Esta última frase es la que da sentido a todo el número 22, y constituye su centro. La comprensión de la Escritura como realidad litúrgica y profética revela la relación que ésta tiene con la lex orandi y la lex agendi . La constatación de la presencia de Cristo en su palabra, cuando es proclamada en la celebración litúrgica, hace que se considere la importancia que tiene la Escritura en la liturgia, inundándola. De entre todas las acciones litúrgicas, sobresale la eucaristía como mesa de la palabra de Dios, que en palabras de Juan Pablo II «es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente». La celebración dominical es tenida como el momento más expresivo del carácter alimenticio de la palabra en la vida del creyente. El final del número 22 hace varias reflexiones sobre el ars celebrandi y la pastoral litúrgica de la palabra de Dios. En una frase sin ulterior explicación, se advierte: «Especial cuidado exige el Ordo lectionum Missae , así como también la oración del Oficio Divino». Antes se hace hincapié en la clara proclamación de los textos, y se nos dan “definiciones” de lo que es la homilía y la oración universal: «...la homilía que de la Palabra hace resonancia límpida y alentadora, ayudando a interpretar los eventos de la vida y de la historia a la luz de la fe, con la oración de los fieles que ha de ser respuesta de alabanza, de acción de gracias y de súplica a Dios que nos ha hablado».

Este número 22, sin lugar a dudas, está cargado de muchos puntos a reflexionar. Quizás muchos más que en otros ámbitos. Aunque se limite a ser un elemento de alimento de la palabra de Dios, otros elementos giran en torno a la liturgia. Es el caso, por ejemplo, del número siguiente, dedicado a la evangelización y la catequesis, donde se cita a DV 24: «El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y en un lugar privilegiado la homilía , recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable». Más adelante, se propone el año litúrgico como lugar donde se sintetiza la catequesis. Nuevamente, insiste pocas líneas después en «valorizar especialmente todas las mediaciones de la Palabra presentes en la Iglesia, en parte ya mencionadas: leccionarios, Liturgia de las Horas, catecismos, celebraciones de la palabra, etc.». De forma breve en este número, pero más hondamente en el siguiente ( La exégesis y la teología ), se insiste en leer la Biblia según el sentido de la Iglesia. Aunque no se explicita en ninguno de esos números, es claro que el sentido de la Iglesia se expresa de forma preferente en la liturgia. En efecto, es el mismo Espíritu el que proporciona la verdad completa (cf. Jn 16, 13), y Él es «el alma y el exégeta de la Sagrada Escritura». Por eso, a la hora de hablar de la nutrición que produce la Escritura en los bautizados, se afirma: «A este respecto es valiosa la línea trazada en la Introducción al Leccionario [OLM 9], donde se afirma: “Para que la palabra de Dios realice efectivamente en los corazones lo que suena en los oídos, se requiere la acción del Espíritu Santo, con cuya inspiración y ayuda la Palabra de Dios se convierte en fundamento de la acción litúrgica y en norma y ayuda de toda la vida» (núm. 20). ¿Dónde está el sentido con que la Iglesia lee la Escritura? En el sentido espiritual: «Es tarea primaria de la Iglesia ayudar a los fieles a comprender qué significa encontrar la Palabra de Dios bajo la quía del Espíritu; cómo, en particular , eso sucede en la lectura espiritual de la Biblia» (núm. 20). La liturgia, por medio de la lectura semicontinua, los títulos de las lecturas, las antífonas, las colectas sálmicas, la ordenación de las lecturas durante el año y en la misma celebración, etc., ofrece una interpretación espiritual de la Escritura.

Un aspecto indispensable para una lectura espiritual de la Escritura es el valor que le damos al Antiguo Testamento. Los lineamenta advierten contra «una cierta resistencia frente a páginas del Antiguo Testamento que resultan difíciles, expuestas a la marginación, a la selección arbitraria, al rechazo» (núm. 17). Aquí vuelve a sobresalir la liturgia como elemento armonizador: «De todo esto se deriva la necesidad de una urgente formación sobre la lectura cristiana del Antiguo Testamento . En este sentido, es de gran utilidad la praxis litúrgica, que siempre proclama el Antiguo Testamento como página esencial para una comprensión plena del Nuevo Testamento [...] Las lecturas litúrgicas del Antiguo Testamento ofrecen, además, un valioso itinerario para el encuentro orgánico y articulado con el Texto Sagrado. Tal itinerario consiste tanto en el uso del salmo responsorial, que invita a rezar y a meditar cuanto anuncia, como en la relación temática entre la primera lectura y el Evangelio, en la perspectiva de síntesis del misterio de Cristo» (Ibid.).

Volviendo a los elementos de nutren al creyente con la palabra de Dios, nos encontramos en el extenso número 25 con la vida del creyente . Aquí encontramos de forma reiterada el esquema oracional fundamental de la liturgia. No se hace alusión al primer libro litúrgico donde aparecen, la liturgia de las horas, ni al documento que las contiene, la Ordenación General de la Liturgia de las Horas. Se trata de la frase de san Ambrosio: «a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras» (1). Este olvido me parece importante, porque la frase de san Ambrosio justifica la estructuración interna de la liturgia de las horas. Los lineamenta se limitan a citar a DV 25. Sin embargo, ofrece nuevos textos de esta verdad inmutable sobre la doble dirección de la oración cristiana, como es el texto de san Agustín: «Tu oración es tu palabra dirigida a Dios. Cuando lees la Biblia es Dios quien te habla; cuando oras eres tú quien hablas con Dios» (2). Proponiendo la lectio divina , los lineamenta recogen un tercer testimonio patrístico: «Cuando rezas hablas con Dios, cuando lees es Dios quien habla contigo» (3).

Si el Sínodo continúa con esta última concepción de la oración, podemos decir que se ha efectuado de forma tajante un cambio de mentalidad, que afecta a la consideración de la liturgia como oración perfecta –se lee la Escritura y se ora, esto es, se escucha y se habla a Dios– y da una nueva configuración de la oración privada, también llamada personal. Se abandonaría, por tanto, el esquema propio de las espiritualidades surgidas en el contexto de la Reforma protestante, que concebían la oración mental como paradigma de la oración cristiana, donde no se escucha a Dios –por no leerse su palabra (4) – ni se habla de viva voz con Él (5). La apuesta por la lectio divina que hacen los lineamenta , de seguirse, implica una propuesta concreta de oración privada o personal, altamente objetiva y fácilmente contrastable con la enseñanza de la Iglesia.

(1)«...a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras»: Ambrosio , De officiis ministrorum , I, 20, 88; IGLH 56.

(2) Agustín , Enarrationes in Psalmo 85, 7 .

(3) Cipriano , Ad Donatum , 15.

(4) La lectura asidua de la Escritura pasa a considerarse como un aspecto típico del protestantismo, mientras que en el catolicismo se termina por abandonar, tanto en la devoción como en la teología, como reconocen los lineamenta : cf. núm. 19. Sin embargo, el libre examen hace que el subjetivismo interpretativo entre en escena.

(5) Robert Benson (1871-1914), anglicano convertido al catolicismo, manifiesta los problemas de esta espiritualidad: «Y es que no hay nada tan difícil como llegar a distinguir entre las inspiraciones del Espíritu Santo y las aspiraciones o imaginaciones de uno mismo. Para los no católicos es casi imposible evitar la dependencia de las experiencias interiores, una característica propia del protestantismo y que, de hecho, disemina sus energías, pues los protestantes siguen convencidos de la inexistencia de esa voz exterior del Magisterio con la que poder contrastar sus experiencias»: R. Benson , La amistad de Cristo , Madrid, 2002, 47. En este sentido, aunque la lectura de la palabra de Dios constituye un aspecto indispensable para una oración objetiva, siempre será necesario la confrontación de la experiencia orante con el magisterio.



Adolfo Ivorra